Todo puede cambiar. 

Es increíble, lo he visto, me lo han contado, incluso lo he vivido varias veces… pero no puedo dejar de sorprenderme(la vida se encarga de que así sea). Relaciones que se esfuman, amistades que se quiebran, incluso situaciones aparentemente favorables ad infinitum. En un momento dado, todo se desvanece, en un pestañeo, en un chasquido de dedos.

Es curioso. Por lo general suele suceder precisamente cuando empiezas a dar las cosas por sentado. Cuando la ilusión cubre nuestra mirada con un velo lo suficientemente denso como para dulcificar nuestra percepción (bien sea de una persona, o de un hecho de cualquier índole)pero no tanto, como para que no pueda parecer tangible, real.

Ante este panorama, no podía evitar llevarme las manos a las sienes y pensar:

“Señor dame paciencia”

Es más, era una de mis coletillas más usadas, en momentos de estrés o de circunstancias adversas. Ahora intento evitarla. Me he dado cuenta de que igual no funciona así. No viene como un paquete de Amazon, en un frasco, con dosificador. Creo que cuando la pides a Dios, a la energía universal, o el nombre que queramos darle a este ente creador que nos precede, en realidad solo estamos pidiendo más situaciones de ese calibre. De igual manera que un marinero se curte, y consigue destreza lidiando con fuertes temporales en alta mar, y no pasando tiempo en un rio manso, la paciencia se desarrolla en un entorno hostil, en momentos de agobio, de angustia…

La paciencia proviene de uno mismo. No nos lo concedan desde fuera, ni tampoco es algo que se pueda comprar, o regalar… Ahora bien, es una verdad de Perogrullo que se debe trabajar, es como un músculo que debemos ejercitar. Con todo el esfuerzo y la constancia que eso conlleva. Más aún al tratarse de algo que posee un carácter casi íntegramente emocional, donde nuestro raciocinio no tiene tanto margen de maniobra, en pos de una mayor importancia para nuestra parte emotiva.

Después de la paciencia, como si de su sombra se tratase, viene el perdón. Cuantas veces hemos oído esa palabra, cuantas veces la hemos usado, y la han usado con nosotros. Considero que al igual que con la paciencia, hay distintos grados del mismo. Desde el meramente formal/políticamente correcto (al tropezar con una persona, o al pedir permiso para poder pasar por una zona estrecha llena de gente, por ejemplo), hasta el que es mucho más profundo (cuando has hecho un grave daño físico, emocional, o ambos a alguien). 

Y si hablamos de este segundo que es el más importante (aunque el del otro tipo, al igual que el civismo, deberían darse por sentado), debemos tener en cuenta un concepto que, si existiese una “ecuación del perdón”, debería estar incluido en ella como parte importante para conseguir un resultado correcto, la coherencia.

Muchas veces (la gran mayoría de ellas de hecho) no vamos a controlar lo que nos sucede. Incluso puede que el peligro, el problema, o el daño provengan de un lugar muy cercano, de una zona que consideremos de confianza, de confort, de seguridad (no es un secreto ni tampoco de extrañar, que precisamente en este tipo de casos, sea cuando más dolor podamos experimentar, casi por partida doble)

Dicho esto, y después de haber hecho acopio de la paciencia que haya sido necesaria para calibrar nuestras emociones para el entendimiento y la aceptación con la situación en la que nos hemos visto envueltos (casi suena como un trabalenguas…) llega la hora de pedir perdón… o de recibirlo. En cualquier caso, si remitimos a la palabra importante anteriormente citada, la coherencia, agilizaremos todo el proceso.

Si tenemos que pedir perdón, lo mejor es hacerlo lo antes posible, y de manera reflexiva, de corazón. A mayor tiempo transcurrido, mayor esfuerzo será necesario para reparar o realizar una labor de sanación (como cuando aparece una grieta en un muro, si no se toman medidas, se va haciendo más grande hasta que la pared irremediablemente cae). Las palabras se van enquistando en nuestro interior, y cada vez pesan más. Incluso en el más triste de los casos, puede que perdamos la oportunidad de hacerlo (porque la persona ya no esté en nuestra vida… o deje de formar parte de este mundo).

Si por el contrario, creemos que debemos recibirlo, debemos estar abiertos a la hora de escuchar, de empatizar, de buscar un punto de conciliación con la situación, con la persona, y no aprovechar la coyuntura para “hacer sangre”, ejercer cualquier tipo de presión, o de pretender posicionarse respecto a la otra con aires de superioridad, castigándola de manera sistemática (pedir perdón no deja de ser un acto de valor).

En cualquier caso, todo debe estar bañado por una buena capa de coherenciaNo podemos pretender, de manera inconsciente e infantil, que el perdón se convierta en muestro “as en la manga” para solventar cualquier conflicto (sobre todo, si hemos sido los causantes). O peor aun, exigir que la otra persona de carpetazo a una situación, solo porque nosotros ya hayamos manifestado nuestras “condolencias”. Debemos recordar el ejemplo de “la pasta de dientes”, una vez sacada del tubo, es altamente complicado (por no decir imposible)volverla a introducir. Con las personas pasa lo mismo.  Hay veces que ya no hay vuelta atrás

Cierto es que cada uno poseemos una escala de valores propia, y de igual manera un límite de qué estamos dispuestos a tolerar, y de cuantas veces podemos llegar a perdonar la misma falta. Pero creo que en circunstancias más o menos normales, todos buscamos lo mismo, ser felices, y estar en paz, y para ello, no debemos consentir/tolerar situaciones injustas, irrespetuosas,o dañinas/tóxicaspara nosotros/nuestra vida. Hallar el equilibrio es delicado, pero es nuestra labor, debemos tomárnoslo enserio y buscarlo. Si no le damos la importancia que tiene, no podremos después quejarnos de lo que ocurra porque, de alguna u otra forma, seremos cómplices de ello.

Que empecéis esta semana y este mes con toda la buena energía y posibilidades de éxito del mundo. Y si os están viniendo mal dadas… aprovechad “el entrenamiento”. Lo bueno esta por llegar, pero no olvidéis hacerle sitio, dejando atrás todo el lastre, lo que no sirva, lo que no quiera crecer con vosotros, id ligeros de equipaje, como dice la canción.

Saludos

Y así como todo cambia… que yo cambie no es extraño

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