Más rápido que la velocidad del sonido…

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“Quizás sea cosa mía” pensaba. Pero a medida que he tratado el tema con amigos y familiares, me he dado cuenta de que es un sentimiento común, palpable. Puede que más acusado en los de mi generación (denominada millenials, que tirria me da ese nombre, en fin) , pero no exclusivo de ella (tengo la fortuna de relacionarme con gente de distintas edades, en ocasiones la diferencia es de décadas, tanto hacia arriba, como hacia abajo con respecto a la mía).

Seguramente a estas alturas, a pesar de que el título pueda ser una pequeña pista, os preguntaréis a qué me refiero, de qué se trata. Pues no es otra cosa que la sensación de que todo avanza cada vez más deprisa, de estar quedando fuera de lugar.

Me explico. Hubo un tiempo en el que todo parecía estar en consonancia con mis preferencias, mi entorno, con mi “yo” (a pesar de haber sido bastante “alternativo” en cuanto a gustos se refería). Era una zona de confort bastante amplia en toda su variedad de contextos (música, cine, literatura, televisión etc…). Y aún diría más (guiño nostálgico Tintiniano), lo que en aquella época estaba de moda, no me desagradaba. Incluso podía llegar a disfrutarlo.

No obstante, el tiempo, como antes os comentaba, no repara en épocas doradas, ni en nostalgia. Y de manera paulatina, vamos quedándonos atrás. Es sutil, casi imperceptible al principio. Quizás las primeras señales te las va dando el propio cuerpo:
– Dolores/achaques en zonas que ni eras consciente de que existían
– Necesidad de dormir más (si, aun más)
– La crudeza (y duración) con la que nos castiga el susodicho al pasarnos de nuestro límite (cada vez más bajo) realizando actividades de cuestionable salubridad
– Y un largo etc.

Pero ahí no para la cosa. Poco a poco te das cuenta de que la música que impera en bares, discotecas y demás locales, así como en los medios de difusión, solo suenan artistas de los cuales conoces poco o nada, que las series que disfrutabas de pequeño, y no tan pequeño, han desaparecido, o se han transformado en una versión extraña de sí mismas (¿¡por qué Looney Tunes!? ¿¡por qué!?). Que tus actores y actrices de cine favoritos han quedado relegados a desempeñar papeles de madurez curtida (¿en qué momento se hicieron tan mayores Leonardo DiCaprio, Brad Pitt, Sandra Bullock, o Monica Belucci?). Y lo que es más doloroso, ves retirarse o fenecer a muchos de tus ídolos de la infancia/adolescencia, recordándote de alguna manera tu propia levedad/existencia finita.

Este fragmento (de cuando los Simpson eran buenos) es un claro ejemplo del tema.

Debe ser ley de vida, tanto el no poder estar al corriente de todo lo que acontece (es más, creo que hoy en día no puede hacerlo ni la gente adolescente, las cosas se renuevan a una velocidad endiablada), como el sentirte cómodo con lo que de alguna manera ha crecido contigo. Ha formado parte de ti. Y consideras insustituible (quizás la objetividad en esta afirmación brille por su ausencia, pero ¡cómo serlo en los recuerdos!…)

En mi caso, se da un detalle, a mi parecer, curioso. Cuanta más desconexión siento de la actualidad, más la tengo con lo que antes consideraba poco atractivo, incluso arcaico. Empiezo a sumergirme en todo lo que ya había sido creado, previo incluso a mi propia existencia. Y encuentro “pepitas de oro”. Empezando por la música que escuchaban mis padres, auténticas joyas (en su mayoría) que antes aborrecía… Películas y libros que, casualidades de la vida, resulta que influenciaron a los autores más contemporáneos a mi era, y cuyas obras las considero de culto, entre otras cosas.

Tampoco quiero ser catastrofista, no todo esta perdido. Aun quedan algunas cosas interesantes y disfrutables en medio de toda la mercadotecnia actual… aunque a veces parece que retrocedamos en el tiempo cuando se estrenan remakes de películas, remixes de canciones, series de tv, casi todas inspiradas en los años ochenta o incluso noventa. Viejas glorias también renacen, se re-descubren y retoman el panorama actual, gustando, poniéndose de moda décadas después de que haya sido su época dorada (el caso de Queen a raíz de la película Bohemian Rapsody es digno de estudio).

Puede que esa sea la clave, intentar encontrar un equilibrio entre la nostalgia y la realidad actual. Entre las cintas de cassette y Spotify. Entre el video-club, y Netflix… Recordar que atrás quedaron los veinte… pero todavía no tengo cuarenta. Y por encima de todo, que a pesar de sonar a topicazo, la edad solo es un número y aun podemos presentar batalla. En definitiva, adoptar el rol de “ser viejoven“.

Y a mucha honra.

Os dejo con la canción cuyo fragmento de letra, da título a este post, esperando que la disfrutéis tanto como yo.

¡Buen comienzo de semana!

La mejor canción para empaparse de la sensación de nostalgia

Ah! se me olvidaba la guinda del pastel…

Yo con 19 años… una de las pocas fotos que tengo de esa época. No las soportaba. Ahora soy fotógrafo, ironías de la vida xD

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