Y ahora… todo vuelve a la caja.

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El confinamiento sigue. Ya no conozco a nadie que le haya pasado por alto. Uno a uno he visto cómo todos los que derrochaban entusiasmo desmedido, han acabado sintiendo el yugo de la tristeza y la desesperación apretando su cuello.

Incluso los que se creían preparados. Los que ya eran “resentidos sociales” antes de que todo esto sucediese, también los “ratones de biblioteca”, los “gamers” los “geeks” “nerds” y resto de etiquetas. Todos extrañan en secreto, las interacciones cotidianas, por sencillas que fuesen. Y es que le pese a quien le pese, salvo contadas excepciones:

El hombre es un ser social por naturaleza”

Aristóteles 

No voy a decir nada que no haya oído previamente. Que no haya sido escrito. Pero me veo en la obligación de subrayar lo que me parece interesante. Al fin y al cabo, todos nos hacemos eco de lo que nos conmueve, o nos hace sentir en sintonía.

En este caso, me refiero a la nostalgia. Y en concreto a la que profesamos hacia cosas que antes pasaban por alto. ¿Ejemplos? Un paseo. Salir a tirar la basura. Ir a comprar al mercado. Caminar hasta la parada del bus. Realizar las labores varias de nuestro trabajo. Y cosas que quizás si son más “obvias” como ver a nuestros seres queridos (familia, amigos, pareja…).

En las mentes más reflexivas, de la mano de la nostalgia, suele ir agarrado lo que me gusta llamar “el despertar”. El momento en el que te preguntas si merecía la pena tanta preocupación, tanto malestar, tanta prisa. Sucumbir a la presión social establecida (cómo debo ser, qué debo tener, incluso cuando debo tenerlo)… Si realmente estábamos disfrutando de la vida que habíamos escogido… o huyendo de ella.

Y es que en este periodo de reclusión obligatoria, el nivel de paz, o de perturbación que hemos hallado, es el que nos ha acompañado desde siempre. Callado o sepultado, durante años por citas y compromisos importantísimos, por un más que justificado miedo, o pura y llana vagancia.

Cuando ya hemos visto todas las películas y series, hemos leído todos los libros, cuando ya nos sabemos todas las canciones, cuando ya nos hemos cansado de la televisión y su bombardeo sistemático de noticias previamente seleccionadas para insuflar miedo y desasosiego…. Cuando incluso las redes sociales nos terminen saturando de los mensajes irracionalmente positivos o negativos, de memes y chistes varios…

En ese momento. Cuando todo se apaga. Cuando todo se calla. Nos podemos observar detenidamente, y ver qué hemos hecho/estamos haciendo de nuestra vida. De nuestro tiempo. Lo que venga después puede ser muy agradable… o desolador. Independientemente de la sensación, si estas leyendo esto, hay una noticia irrefutablemente positiva:

Aun estas a tiempo. Tienes otra oportunidad

Y a pesar de ser doloroso y complicado, el arte de re-inventarse es una disciplina que se perfecciona a medida que avanzamos en nuestro particular recorrido por este planeta. Es necesario. Debemos hacerlo antes de que termine la partida y “todo vuelva a la caja”.

El título de este post, pertenece a una charla que en su momento me impactó bastante y he intentado compartir en más de una ocasión en diversas conversaciones y momentos de cercanía. Espero que os sirva tanto como a mi, y os haga reflexionar.

¡Buen Martes!

¿Merece la pena?
Lo que más extraño después de familia y amigos. La naturaleza

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